No se vende, pero fue comprado

El contenido de este blog no puede ni debe ser vendido, pero ha sido comprado.
El tiempo que uno dedica a las cosas o a las personas es lo que las vuelve valiosas. Cuando doy mi tiempo a algo estoy cediendo mi vida, la vida que transcurre en ese tiempo. El receptor termina teniendo algo mío. Esta es la clave para cumplir con el mandato de Levítico 19: 18: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Pero Jesús nos dio un nuevo mandamiento: Amar al prójimo más que a uno mismo, hasta dar la vida por él. (Juan 15: 12-13) Salvo para defender la integridad de algún integrante de la familia o de alguien muy amado, nuestro sacrificio no es beneficioso en la forma en que resulta el de Cristo. Perder la vida cruentamente en beneficio de otro no redime porque somos pecadores. Pero sí es posible dedicarle tanta atención a alguien que podamos afirmar que hemos dejado la vida en él o por él. No de manera cruenta o sacrificial, sino en cuanto a entrega y dedicación. Así como le dedicamos nuestra vida a Jehová, también es bueno darla por otro invirtiendo nuestro tiempo en él.
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martes, 11 de febrero de 2014

8 - Jugarse



Ella: - Muy rica la cena de la otra noche. La próxima te invito yo a mi casa y te cocino algo a la carta.

Yo: - Se te va a chamuscar el papel…

- ¡Ja! A tu gusto, tontín.

- Sípi (1) También me gustaría que cocináramos algo juntos, pero bien de entre casa, “en pantuflas”; algo así como empezar a revisar la alacena a ver qué hay y qué podemos hacer. Que la fiesta sea hacer algo juntos, que nos agasajemos mutuamente en el mismo acto de compartir.

- ¿Un ensayo de matrimonio?

- Nooo. Una función “de gala” que deje claro que el brillo no está en el ajuar ni en el escenario, sino en los protagonistas.

- Quieres que, como en la canción de Serrat, me suelte el pelo y te invite a salir conmigo a escena…

- No estaría mal, nada mal. En la canción hace una alegoría: la vida es una mujer que se le entrega, alguna vez, para hacer el amor y se suelta el cabello.

- ¿Para qué supones que se suelta el cabello la mujer?

- Son más bonitas con el cabello suelto. Pero creo que hay más; un simbolismo: me parece que significa “estoy suelta, no tengo ataduras, soy toda tuya”. Es una manera de desnudarse sin quitarse la ropa. Te deja, además, el placer y el privilegio de sacársela literalmente, con calma y entusiasmo, como quien quita el papel y el moño a un regalo sorpresa. “Una mujer desnuda es un enigma/y siempre es una fiesta descifrarlo.”

- ¡Uf! ¿Pongo el ventilador?

- Si te hace falta, ponlo.

- Fue una metáfora. Aunque ha sido un momento de alta tensión, de mucha adrenalina. Te gusta llegar al fondo de todo; eres todo o nada, de verdad. No es que lo dices, eres así. Me sorprende, me maravilla y me intriga. Especialmente cómo te las arreglas para no extraviarte en mares tempestuosos, siempre hallas tu Norte.

- Ya te lo expliqué: el secreto está en amar. Si amas, siempre encuentras el rumbo correcto, para ti y para el otro. ¡Ay de los dos si no te amara!

- También depende de mí… Y yo también te estoy amando.

- Sí, claro, pichona. Depende de los dos. Pero hablaste de adrenalina…

- Me hiciste vibrar. El cuerpo me hizo “ronron”.

- Te habías puesto en el lugar de la mujer de la canción de Serrat, yo hablé de esa mujer simbólica y lo viviste en carne propia. El “ronron” no significa nada más que sensibilidad, al menos en principio.
Las acciones de una persona no son malas o buenas en sí mismas, sino a través de las intenciones de su corazón. Una misma acción podría ser censurable en un caso y encomiable en otro. Depende de lo que hay detrás o, como en el caso del iceberg, de lo que yace sumergido.

- Cuéntame algún ejemplo.

- La amiga íntima de mi esposa, aquella que se quedaba a veces a dormir, había perdido a un familiar. Estaba destruida, no tenía consuelo. Estábamos ella, Lia y yo en un lugar apartado del velatorio. Lia la abrazaba y yo miraba, unos pasos más atrás, en silencio. No había caso, Liliana no reaccionaba.
Lia se puso de pie, dio media vuelta y caminó dos o tres pasos hasta mí. Sin detener su marcha me dijo: “Abrazala” [abrázala] y nos dejó solos.
Me senté al lado de Liliana y la tomé por su hombro izquierdo, la apreté contra mí y comencé a hablarle al oído, a media voz.
Al principio fue un monólogo pero, luego, ella empezó a contestar y a escuchar lo que le seguí diciendo. Por fin, llegamos a un lugar de acuerdo, coincidimos en una postura emocional, en un punto de vista. Volvimos juntos a encontrarnos con el resto de la gente. Ella se mezcló con otros y yo la miraba, de vez en cuando, a un par de metros atrás, con Lia. Cuando llegó el momento de cerrar el cajón, Liliana se dio vuelta. Sabía el lugar preciso en el que yo estaba; estaba de espaldas, pero no buscó, sabía el lugar en donde yo estaba. Con dolor, pero con paz  y con un esbozo de sonrisa, me dijo: “No está ahí”. Volvió a esbozar otra sonrisa, me abrazó con sus ojos y se dio vuelta para continuar con el rito fúnebre.
Liliana estaba enamorada de un hombre que no le correspondía. Salía con nosotros a bailar, pero ningún hombre la conformaba. Volvía sola, con nosotros. No tenía un hombre suyo que la contuviera. Lia la vio sufrir. Nos amaba a los dos. Se fue y le prestó su hombre por un tiempo.  El amor todo lo cree, el amor todo lo espera… Lia me cedió, por unos minutos fui el hombre que Liliana no tenía, y volví a mi fuente.
Si, en lugar de mandarme mi esposa, lo hubiese hecho por las mías, ¿hubiera traicionado a mi esposa? ¿Hubiese sido pecado apiadarse y darle calor a quien sufre?

- ¡Te voy a cobrar la lavandería de mis pañuelos! (Secándose las  lágrimas) No hay vez que hablemos de cosas íntimas en la que no me lleves a las lágrimas. Debo ser masoquista.

- Somos dos sentimentales, por eso estamos juntos. Dios los cría y ellos se juntan. Dos adictos a las cosas del corazón. El corazón llora siempre que sale un rato a tomar aire. Cuando se asoma, las lágrimas salen, por penas o por alegrías. Pero llora siempre. Llamo a tu corazón y él me responde. El mío conoce tus pasos, abre antes de que llegues. Por eso lloras, por eso lloro, por eso lloramos. Estamos pariendo una amistad. En un parto llora la madre y llora el hijo; la vida cuesta amor y lágrimas. Lo que cuesta vale.

- ¿Por qué te dejó Lia, Carlos? No te dejaría si fueras mi hombre. No entiendo cómo te dejó.

- No me idealices. En todo caso, no dejarías al hombre que soy hoy. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Mil días? Pero hace diez mil días no era el mismo hombre. Hay cosas que uno aprende, hay cosas que uno cambia. Pero no siempre lo que aprendemos llega a tiempo para reconstruir lo que derrumbamos, para enmendar los errores cometidos.
Con Lia compartimos catorce mil cuatrocientos ochenta días de nuestras vidas. Más de treinta y nueve años y medio. Hubo muchos errores, muchas lecciones no aprendidas hasta después de haber errado. Cosas que sirvieron para nuevas relaciones, como la de Graciela y la nuestra, la que estamos construyendo, pero que no sirvieron para reflotar un barco herido de muerte, que se fue a pique.
Puedo ser algo mejor de lo que era hace diez mil días, pero todos los seres humanos tenemos un lado oscuro. Todavía no te conté del mío. Cuando me atreva, vas a comprender y, nuevamente, te voy a jugar a cara o cruz.

- ¿Lo subirías al blog?

- No da para tanto. Puedo contarle a algunas personas. Pero no me da el cuero para desnudarme completamente frente a toda la humanidad.

- Estás subiendo partes de nuestras conversaciones al blog. Me doy cuenta que poco de lo que yo te cuento. Algo que te agradezco. ¿Qué pretendes?

- Es tan grande la pena que me provoca la pérdida de Graciela que resulta un consuelo escribir y compartir. Estoy muriendo de pena y hacer esto alarga un poco mis días. Por ahora, prolonga la agonía; debería abandonarme a la muerte y no sufrir tanto. Por otro lado, debo tener más fe de la que creo tener. Hago esto, también, porque no me abandona la idea de que algo puede suceder: justicia, un milagro. No me resigno a perder a mi amiga de tanto tiempo, de tantas vivencias inocentes. La del amor profundo que echó raíces en la tierra fértil de dos corazones heridos que se dieron asistencia; tierra humedecida por lágrimas. El amor del árbol de tronco leñoso y fuerte, producto de años de crecimiento lento y seguro, para durar. Subo mi intimidad al blog, no la tuya. Espero una lágrima del otro lado, que alguien se conmueva, un milagro.

- Me invaden sentimientos encontrados, Carlos. Por un lado, quisiera que alguien me amase como vos a ella. La envidio. Por otro, me provoca un profundo respeto ver el calibre del amor que ha logrado despertar en ti. La admiro.

- Yo la amo tal cual es. Tiene muchos defectos y grandes virtudes. Amo sus defectos, no quiero cambiarle nada. No me niego a que mejore; no necesito que lo haga para amarla.
No es que alguna cualidad de ella, o muchas, despertara mi amor hacia ella. Estaba sola, lastimada, y me dejó entrar a su corazón a darle tenues besitos, para no aumentar su dolor en los desgarros sangrantes. Eso es todo: me dejó entrar, invertí vida en ella, me di, y ya no puedo estar sin su presencia, no aguanto pensar que todavía me necesita y que puedo darle más. Soy suyo. Quiero estar cerca de ella hasta que crezcan flores en su patio trasero y la vea vivir realmente en paz.

- Me gustaría estar en su piel.

- No sabes lo que dices. No querrías sufrir tanto. No te lo deseo, ni siquiera para poder amarte y lamerte las heridas como a ella.  La conocí así y nada hice para que sufriera tanto. No puedo admitir que eligieras una experiencia tal, tan solo para que te amara. Te puedo amar igual sin que sufras tanto. Dame tiempo, el amor se construye. Date tiempo.

- ¿No piensas volver si no te la devuelven?

- No. No negocio el amor. No hay nada sucio ni de qué arrepentirse. No pecamos, no es pecado ser amigos como lo fuimos.

- ¿Abandonaste a Jehová?

- No July, no lo abandoné. No quiero morir sin pelear. Es mi estrategia actual. Una pelea desigual y difícil. No peleo solo por Graciela y por mí, si triunfo, quizás esté peleando por muchos más. Por algo mucho más importante que una amistad, inclusive.

- ¿Por qué no desde adentro de la organización?

- Porque están pecando gravemente y ensuciando a Dios con sus acciones y dichos. No se dan cuenta, pero lo hacen. No puedo participar de ese pecado. Vuelvo cuando lo corrijan. Trato, de alguna manera, de que se den cuenta y enmienden su error.

- Te juegas la vida…

- Sí, amiga, me la juego. Pero me juzga Dios, no ellos. Acepto su juicio como justo, cualquiera sea.

- ¿Y si te juzga digno de muerte?

- Será justicia, Jehová es la garantía, no puede ser de otra forma. Además, no me interesa vivir sin amor. Me privaron del amor más puro que construí en mi vida. No quiero vivir si no puedo ejercer ese amor.
Si es pecado mi amor por Graciela, no quiero vivir. Viviría eternamente en pecado, porque el “amor nunca falla”; la Valera dice: “nunca deja de ser”.

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Una forma “encriptada” de habla. Consiste en separar la palabra en sílabas y agregar a continuación de cada una de ellas una letra “p” y la vocal precedente. Los que tienen práctica y hablan con rapidez pueden lograr que el no entrenado no comprenda de qué están conversando.
Ejemplo:

¿Cómo dices?
¿Copomopo dipicepes?

lunes, 10 de febrero de 2014

7 - Ser como niños


Ella: - ¿Hago una oración?

- Sí, por supuesto.

- Disculpa que no te dé la oración a ti.

- No hay nada que disculpar. Supongo que podría hacerla yo, porque no es una actividad que pueda considerarse como oficial, como si este lugar fuera una prolongación del salón. Pero, por las dudas, mejor hazla tú.

[….]

- Tengo una asignación en la escuela dentro de tres semanas. Ahora estoy planteando el tema, para después abordar a una hermana y comenzar a ensayar una situación, un marco de circunstancias.

- Te escucho.

- Estoy girando alrededor del tema “recibir el reino como niños”. Lo primero que hice fue buscar el texto en la Biblia. Encontré tres referencias. Cito:

Mateo 18: 1-6: “En aquella hora se acercaron los discípulos a Jesús y dijeron: “¿Quién, realmente, es mayor en el reino de los cielos?”. 2 De modo que, llamando a sí a un niñito, lo puso en medio de ellos 3 y dijo: “Verdaderamente les digo: A menos que ustedes se vuelvan y lleguen a ser como niñitos, de ninguna manera entrarán en el reino de los cielos. 4 Por eso, cualquiera que se humille como este niñito, es el mayor en el reino de los cielos; 5 y cualquiera que reciba a un niñito como este sobre la base de mi nombre, a mí [también] me recibe. 6 Pero cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que ponen fe en mí, más provechoso le es que le cuelguen alrededor del cuello una piedra de molino como la que el asno hace girar y que lo hundan en alta mar.”

Marcos 10: 13-16: “13 Entonces la gente empezó a traerle niñitos para que los tocara; pero los discípulos corrigieron [a la gente]. 14 Al ver esto, Jesús se indignó y les dijo: “Dejen que los niñitos vengan a mí; no traten de detenerlos, porque el reino de Dios pertenece a los que son así. 15 En verdad les digo: El que no reciba el reino de Dios como un niñito, de ninguna manera entrará en él”. 16 Y tomó a los niños en los brazos y empezó a bendecirlos, poniendo las manos sobre ellos.”

Lucas 18: 15-17: “15 Entonces la gente empezó a traerle también sus criaturas para que las tocara; pero los discípulos, al ver esto, empezaron a corregirla. 16 Sin embargo, Jesús llamó a sí a las [criaturas], y dijo: “Dejen que los niñitos vengan a mí, y no traten de detenerlos. Porque el reino de Dios pertenece a los que son así. 17 En verdad les digo: El que no reciba el reino de Dios como un niñito, de ninguna manera entrará en él”.”

Intento dar una explicación profunda de la razón de la afirmación de Cristo. ¿Por qué el que no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él?

Mi reflexión me lleva a sostener que la clave está cuando dice: “cualquiera que se humille”. Los niños son débiles y faltos de experiencia. Aunque les gusta correr y jugar y comiencen a “medir” hasta cuán lejos pueden llegar en la plaza, siempre levantan la mirada para saber que el grande que los cuida está lo suficientemente cerca como para protegerlos. Si lo dejan de ver, se perturban y hasta desesperan, incluso hasta el llanto. Quieren hacer lo que les place, pero saben que necesitan supervisión, no se sienten seguros sin ella. Se humillan, reconocen que no pueden todo solos, que hay alguien superior que les hace falta.

Al ser como niños, nosotros, los adultos, deberíamos desarrollar una actitud similar, reconociendo que no podemos solos.
¿Qué opinas?

- De acuerdo, excelente.

- ¿Algún otro punto de vista?

- Sí. Se me ocurre enlazar con la creación de una nueva personalidad. A ver… busco en la concordancia…

Efesios 4: 20-24: “20 Pero ustedes no aprendieron que el Cristo sea así, 21 si es que, realmente, le oyeron y se les enseñó por medio de él, tal como [la] verdad está en Jesús, 22 que ustedes deben desechar la vieja personalidad que se conforma a su manera de proceder anterior y que va corrompiéndose conforme a sus deseos engañosos; 23 pero que deben ser hechos nuevos en la fuerza que impulsa su mente, 24 y deben vestirse de la nueva personalidad que fue creada conforme a la voluntad de Dios en verdadera justicia y lealtad.

Aquí hay otra:

Colosenses 3: 9-11: “9 No estén mintiéndose unos a otros. Desnúdense de la vieja personalidad con sus prácticas, 10 y vístanse de la nueva [personalidad], que mediante conocimiento exacto va haciéndose nueva según la imagen de Aquel que la ha creado, 11 donde no hay ni griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, extranjero, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todas las cosas y en todos.”

Y mira cómo sigue, hasta el 14 inclusive:

12 De consiguiente, como escogidos de Dios, santos y amados, vístanse de los tiernos cariños de la compasión, la bondad, la humildad mental, la apacibilidad y la gran paciencia. 13 Continúen soportándose unos a otros y perdonándose liberalmente unos a otros si alguno tiene causa de queja contra otro. Como Jehová los perdonó liberalmente a ustedes, así también háganlo ustedes. 14 Pero, además de todas estas cosas, [vístanse de] amor, porque es un vínculo perfecto de unión.

Yo enlazo el vestirse de una nueva personalidad con ser como niños, porque estaría creciendo como lo hace un niño. Desecha  la vieja personalidad y la va reemplazando paulatinamente por otra, que va madurando y adquiriendo entidad y experiencia en la persona nueva. Como un niño, nace, crece y se transforma.
También haría mención a que en el bautismo uno muere respecto de lo que era y renace a una nueva vida de dedicación. El que se bautiza comienza una nueva vida, es como un niño también. Va creciendo en Cristo y en Jehová.

- Estoy de acuerdo, buen punto.

- Me parece que hay otro más: los niños tienen candidez, pureza, se muestran tal cual son. Nacen pecadores al igual que lo hicimos nosotros, pero no esconden lo que son. Dos niños pelean por un juguete y dan rienda suelta a su ira. Sin embargo, unos minutos después juegan como si nada hubiera pasado. Lo observo en las creaciones de Dios, por ejemplo, mis gatas: pelean “a muerte” y luego las encuentro durmiendo abrazadas o una apoyada sobre la otra. Cuando veo esas cosas, la ternura no tiene límite. Jehová las programó para que se comportaran como lo hacen, aunque lo que vemos hoy es un resto de lo que Dios realmente creó; la creación entera “ha sido sujeta a futilidad” como consecuencia de la rebelión. Esto es lo que quedó en una “tierra maldita por tu causa” de todo lo bueno que Dios hizo.
Fíjate, por ejemplo, cómo los escritores bíblicos reconocen sus peores defectos con candidez. Prueba, no solo de honradez, sino de autenticidad y hasta de inspiración divina. Porque no hay obra, ni autobiografía, ni fraude de ninguna clase que no deje de pintar a sus protagonistas como poco menos que héroes o seres cercanos a un ideal de perfección. Pero, en la Biblia, Pedro negó tres veces a su amado Maestro y el Libro lo cuenta. Como un niño. Transparente, desnudo, a la vista de todos. Solo los niños son así y los grandes que persiguen la meta de ser como niños. Los que buscan el reino.
Aún los niños que se crían en la calle, que aprenden las mañas de los grandes antes de tiempo pero que conservan los rasgos propios de su edad. Mi esposa se desempeñó mucho tiempo como maestra de grado. Un día pidió a la clase que escribiera una oración mencionando el trabajo de algún pariente. Solicitó la entrega de los cuadernos para corregir el trabajo. Se detuvo en uno que decía: “Mi tío es seguidor”. Ella creyó que había malentendido la letra del niño y que la oración decía otra cosa. Llamó al alumno y le preguntó qué decía allí. El chiquilín [pequeñín] le contestó lo mismo que ella había leído. Entonces, le preguntó: “¿Qué es seguidor? ¿Qué es lo que sigue?” El niño contestó: “Sigue colectivos” [transporte colectivo de pasajeros], con la inocencia propia de la niñez. En seguida se dio cuenta de que había cometido un error y corrigió: “Pero los sigue un ratito y después no los sigue más”.
Pienso que Dios sabe que no puede descartar el pecado en nosotros, pero que es deseable que seamos transparentes como niños y que reconozcamos y mostremos nuestros errores con la misma actitud que un pequeño.

- Ser como niños, profunda y vital cuestión… Hay material para trabajar y… como para cuatro asignaciones.

[….]

- ¿Viste la última ilustración de Tito 1: 15?

 - Sí, son muy tiernos, ¡cuánta inocencia! La curiosidad libre de culpa. Sería lindo que pudiésemos ser como ellos.

- ¿Voz tenéz pitito? (1)

- (Sorprendida, riendo y reculando) Carlos, ¿qué hacés [haces]?

- ¿Tené o no tené pitito?

- ¡Nooo!

- ¿Po’ qué no tené?

- ¡Carlos, que estamos bajo oración, compórtate!

- Te falta trabajar en niñez, hermanita. ¿No era que te gustaría ser así?

- No te pases que te sacudo.

- No me paso. ¿Viste que no es tan fácil como decir me gustaría?

- ¿A qué quieres llegar?

- A nada. Pero no te resultaría nada fácil estar literalmente desnuda frente a mí como la niña.

- ¿Querías que te mostrara como la nena?

- No, ya sé cómo es. Hace rato que me enteré.

- ¡Carlooos, no empieces de nuevo!

- ¿Sabes por qué no tienes pitito?

- Carlos, termínala.

- Para que te distiendas. Mi abuela materna tenía una explicación que le había dado una monja mientras estaba pupila en una escuela. No es broma, ella me contaba eso cuando yo era un niño.

- No hay muchas escuelas con internación por aquí, ¿dónde estuvo pupila tu abuela?

- En Francia, en una escuela en el pueblo llamado Trévou-Tréguignec, en el departamento de  Côtes-d’Armor, en Bretaña.

- ¿Una abuela francesa?

- Sí, inmensamente rica, heredera de una fortuna, con una historia muy triste. Otra vez te la cuento, si te interesa.

- Sí, ¿qué te decía tu abuela de por qué no tengo pitito? ¡Ay, Dios, los amigos que se carga una!

- Decía que Dios creó a Adán y que, antes de darle vida, le encargó a un ángel que lo cosiera. El ángel era muy desprolijo y lo cosió con puntadas largas y descuidadas; de manera que el hilo que Dios le dio resultó largo y lo dejó colgando. En cambio, el ángel que cosió a Eva era excesivamente minucioso. Tanto, que el hilo no le alcanzó y le faltó coser un pedacito.

- (Sonriendo) ¿Eso le dijo una monja a tu abuela?  ¿Cuándo nació tu abuela?

- El 22 de septiembre de 1890.

- ¡Atrevida para la época, la monjita!

- Francesa. Y en la intimidad de la escuela.
¿Repuesta ya?

- No fue para tanto, no tengo que reponerme de nada. ¿Viste algo?

- Noo, hice que miraba. Además, te separé apenas unos centímetros del cuerpo la cintura del pantalón. ¡Che! ¡Después de todo no me tenías tanta confianza!

- Me sorprendiste, no lo esperaba. Me asusté un poquito, pero no mucho. No lo esperaba. Yo nací en la verdad, no estaba preparada para algo así. Supongo que las mujeres del mundo están más fogueadas.

- ¿Me peddonáz? [¿Me perdonas?]

- (Abrazándome) ¡Con lo que te quiero, señor mayor, como para no perdonarte!  Tengo que hacer la oración de cierre del estudio.

- Bueno. Y después me vas a decir qué tenés ganas de cenar. Algo que te guste muchísimo. Pero que no sea un pavo a la York, ni faisán, ni caviar, que por aquí no se consiguen. Vamos a comprar las cosas y yo cocino para ti. Después te acompaño hasta tu casa, para quedarme tranquilo porque te dejé a salvo, bien cerradita bajo llave y con el repelente para mosquitos.

- Como quieras, niño señor mayor. Hago la oración…

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(1)   Con un lenguaje como de niño que recién comienza a hablar:

¿Tú tienes pitito?
¿Tienes o no tienes pitito?

¿Por qué no tienes?

6 - Contando recuerdos


Ella: - ¡Qué lindos los peluches que pescaste a la salida del cine! ¿Cual es tu método?

Yo: - Si te lo cuento y lo divulgas perderá eficacia, ellos corregirán el programa y será más difícil.

- Nooo, por fi [Un diminutivo cariñoso y seductor de “por favor”]. Dímelo, guardaré el secreto.

- Bueno, […..]

- ¿Así de sencillo?

- Sí, hay que observar y pensar. Un poco de lógica y paciencia; saber esperar el momento y pagar poco.

- Calculador el hombre.

- Si hubiera podido recibirme, iba a ser mi profesión.

- Me gustó lo que me contaste de Lia; curioso, por momentos gracioso y ameno. No la pasaste tan mal con ella.

- Tuvimos muy buenos momentos. No siempre todo funcionó mal. No hubiésemos podido estar casi cuarenta años juntos.

- Cuéntame algo gracioso de ella o de ustedes dos.

- A ver… Una vez fuimos con ella y mi madre a presenciar un casamiento. El viaje era considerable y salimos con un margen de seguridad para no llegar tarde. Fuimos tan prudentes que llegamos demasiado temprano. Era un pequeño templo católico. Nos sentamos más o menos en el medio y tuvimos que quedarnos a presenciar unos seis casamientos antes de que llegara el turno del que nos había convocado.
Lia usaba lentes de contacto semi-rígidos y tenía por costumbre quitarse uno de ellos cuando alguna partícula le causaba molestias, guardando la lente en la punta de su lengua.
Mi esposa era muy simpática, graciosa, promotora de bromas y estudiantiles desórdenes. De las que hacían punta a la hora de hacer travesuras. Mi madre también era bastante animada y las dos se sinergizaban.
La primera boda pasó sin nada que destacar. Los novios se retiraron, el público salió a felicitarlos. Las luces se apagaron y nosotros seguimos solos en el medio del templo. Hasta ahí, todo parecía normal.
Un rato después comenzaron a encenderse las luces, el sacerdote salió, nos vio en el medio, hizo algunas cosas, se retiró hacia algún privado del templo y el recinto comenzó a llenarse de otras personas. Todo se preparó. Entró la novia, el sacerdote los casó. Salieron y se apagaron casi todas las luces. Nosotros en el medio.
Esta rutina se repitió hasta el cuarto o quinto casamiento. Cuando el sacerdote volvió a salir en esa oportunidad nos miró extrañado y mi madre hizo una broma muy graciosa. Lia se rió con ganas y, de repente, quedó tiesa colocando un brazo suyo sobre mi pecho y el otro sobre el vientre de mi madre. Dijo: ¡Me tragué la lente de contacto!
Como era de hacer bromas ninguno de los dos le creímos. Pero ella insistió, así que nos quedamos atónitos. ¿Qué había que hacer?

- ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡De película! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

- Con Lia estaba acostumbrado a las cosas raras. Nos quedamos a presenciar el casamiento por el que habíamos ido y el lunes fuimos los dos a ver a un médico. El doctor nos dijo que él consideraba que los ácidos del estómago iban a destruir al acrílico con que estaba hecho, pero nos aconsejó revisar la materia fecal por unos días.
Compramos una bacinilla y comenzamos a obedecer el consejo del médico.
La primera vez Lia dijo que ella se encargaría de revolver con un palito el desagradable contenido. Al ratito comenzó a hacer arcadas. Entonces yo la relevé hasta que me pasó lo mismo, y así nos alternamos. Esto se repitió cada vez que fue de cuerpo durante algunos días.
El romanticismo del matrimonio…

- ¡Ja, ja, ja! ¡Dura la vida del casado!

- Con el tiempo es un recuerdo hermoso, porque eso es algo que puede darse solamente con quienes comparten una vida.

- Me dan ganas de casarme. De repente me dan ganas de compartir una vida.
  
- No tienes con quién. Además, no es nada fácil alcanzar algo que se pueda llamar felicidad en este sistema inicuo. Al matrimonio le quedan las peores horas del día para compartir. Las mejores se gastan en la lucha por la vida, cada uno por su lado. Hay que sacarle fuerzas al cansancio y, muchas veces, a la desesperanza.

- Pero debe ser hermoso poder acurrucarse en un rincón y mimarse para olvidar las penas.

- A veces el mimarse no implica caricias ni palabras dulces, basta con el silencio y vivir juntos el descanso, el transcurso del tiempo. Tampoco es necesario vivirlo con un cónyuge, puede ser entre amigos, como nosotros.

- Explícame.

- Te cuento una entre amigos. Graciela y yo.
Un día lo dedicamos a limpieza de su casa y a algunos arreglos. Hacía mucho calor. Yo me puse un short de baño y Graciela estaba con pantaloncitos cortos. Trabajamos duro, casi sin tregua. Al caer la tarde dimos por concluida la tarea. No había un peso partido por la mitad. Graciela había llenado dos botellas de 600 cm³ de Coca Cola con agua corriente y las dejó en el congelador. Hasta lo había olvidado.
Me dijo: Vení [ven], vamos a sentarnos en la escalera que va a la terraza, a esta hora corre una brisa agradable. Tomó las dos botellitas congeladas y subimos. Se sentó en un escalón y me invitó a hacer lo mismo a su lado. Sin ponernos de acuerdo ambos nos inclinamos hacia atrás estirando las piernas y nos relajamos. Efectivamente, soplaba una brisa agradable y empezamos a saborear el agua helada que se iba derritiendo en la botella. ¡Qué placer! Casi no hablamos, pero fue una comunión, un gozo indescriptible. No hubiese cambiado el lugar, ni nuestro horrible aspecto, ni el agua, por el mejor champaña en el más fino lugar. Fue un momento mágico.
Te cuento más: la escalera era angosta y estábamos bastante apretados. En un momento, ambos teníamos las piernas flexionadas y nuestros pies en el escalón por debajo de aquel en que nos sentábamos. De manera que su muslo y el mío estaban muy próximos, casi rozándose. Yo estaba relajado y no pensaba en nada, pero llegué a percatarme de ese roce. Los pelitos transmitían como una cosquilla, una electricidad muy tenue, y su calor. Entonces, me quedé muy quieto disfrutando esa sensación. Era un chico en Disneylandia, no quería que terminara. ¡Qué premio para tanto esfuerzo!

- ¿Eso no es atracción sexual por Graciela?

- No. Admito que no me hubiera quedado disfrutando la electricidad en los pelitos si el muslo hubiese sido de Osvaldo…

- ¡Ja, ja, ja! ¿Entonces?

- Entonces: sabes que amo profundamente a Graciela, que además, como su nombre da a entender, es una mujer.

- ¿Entonces?

- Hay una palabra que olvidé y no pude recordar ni esforzándome. Llevo un tiempo tratando de acordarme de esa palabra, me hacía falta para describir una experiencia. Significa la necesidad de tocarse que tienen las personas que se aman. No solamente las parejas. Todos los que se aman. Abrazos, caricias,  apretones de manos, palmeadas, sentir al otro.
Era eso, nada más.  Una manera de usar otro sentido además de la vista. De reafirmar que ella estaba allí y yo también. Que yo estaba para ella. Que me importaba.
Es como si uno quisiera tocar para descartar un espejismo, para concluir que eso que vemos está ahí y lo que estamos viviendo es real, es vida, no un sueño.
A uno le importan las personas que conoce, en las que ha invertido tiempo, su vida, en ellas. También pudiera ser que tratásemos de volver a uno lo que dejamos en el otro; pero no como quien reclama una deuda y te quita lo que te prestó. Probablemente, como una forma de integrarlo e integrarse, en hacer de los dos uno, porque el otro tiene tanto de uno mismo, que hasta podrían ser uno. Y apretamos… pero no podemos unir los barros, la unión es en espíritu. Tercos, seguimos intentando con el barro, como para no rendirse así no más. Cada tanto, volvemos a tocarnos.

- ¡Ay, Carlos! (se le llenaron los ojos de lágrimas) ¡Cómo amas a esa mujer! ¡Lo que debes estar sufriendo! (Me acarició una mejilla)

- ¿Ves? ¿Estás enamorada de mí? ¿Por qué la caricia?

- Me provocaste una ternura infinita. Quise consolarte. No estoy enamorada, pero me acerco a ti y el amor crece cada vez que compartimos tiempo. Hasta me arrepiento de no haberme relacionado antes contigo.

- Las cosas se dan siempre en el momento justo. Antes, quizás, no hubiera sido nada especial.

- Pero una se envicia y quiere más.

- ¡Viciosa!

- ¡Naaaa! (bajando la cabeza y sonrojándose)

- Bueno, ni, para ser más exactos. [Ni: intermedio entre no y sí. No, pero sí o: sí, pero no]

- Está bien, ¡NI!

- ¿"No, pero sí" o "sí, pero no"?

- NI, ¡no me acorrales!

- Está bien, señorita, es una tregua. No la acorralo. Pero, atenta, mire bien dónde pisa, por favor. Por los dos.

- Sí, no tengas cuidado.
Ya que estoy viciosa: ¿te parece si mañana me ayudas con una asignación que tengo?


- OK, viciosa, te espero mañana.

jueves, 6 de febrero de 2014

Atendiendo a lo que otros dicen

Dado que toda conducta comunica, no escuches tanto las declaraciones, escucha los actos del otro, que gritan fuerte!

http://cataperspectiva.blogspot.com/
Licenciada Cata Marowski

domingo, 2 de febrero de 2014

5 - Detrás de los cristales



Yo: - ¡Hola, qué sorpresa!
No esperaba que golpearas directamente mi puerta en un día de lluvia como hoy.

Ella: - La puerta estaba abierta, pasé y caminé estos cincuenta metros hasta tu nidito.

- Sí, la dejan abierta bastante seguido, hacen lo que quieren.

- ¿Qué hacías, amigo?

- Desperté temprano. Revisé el correo. Estaba vacío. Tomé la Biblia, escribí. Le mandé un correo a Osvaldo con ese escrito. Salí bajo la lluvia a comprar unas facturas y una gaseosa. Tomé un café con leche. Escuché música. Como cantó alguna vez Serrat:

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados
sobre los campos, llueve.

Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.

Llovía afuera. De mis ojos llovió también. Y llegaste vos (1).

- ¡Ay, sos (2) un pajarito que se cayó del nido!

- Gracias, este abrazo es un salvavidas. Es como tomar un café caliente cuando vuelves con frío.
Si por una sonrisa doy todo lo que soy, ¿qué debería darte por este abrazo?

- Nada, Carlos, también yo me siento contenida por tus brazos. El abrazo va y vuelve, no me debes nada.

- Generosa mi amiga

- Simplemente, te amo, y crece, crece de verdad.

- Hoy haces de mamá de este pajarito o… pajarón. Tus plumas me cubren y abrigan.

- (Con una sonrisa y repitiendo el abrazo) ¿Poeta o versero (3)?

- No sé si poeta, no me da el cuero (4), versero seguro que no.

- ¿Qué tiene de especial este día que estabas tan triste?

- Nada y todo. Mi enfermedad hace que casi todos los días sean tristes. La falta que me hace Graciela. El dolor por la injusticia. Hoy Lia cumple 64.

- Me imagino que habrás pensado que podía festejar con otro…Me dijiste que está con otro.

- Lo pensé, pero hay algo que me consuela: él nunca va a ver lo que yo vi, ni a tocar lo que yo toqué. Nunca, ni siquiera en el nuevo mundo. Ella tenía 22. ¡Qué tonto fui!

- Carlos, me vas a gastar la provisión de brazos de un año. Tienes una capacidad única para conmoverme.
¿Qué tal si vamos al cine?

- No puedo, pichona. Estoy pobre, pobre. No te puedo invitar.

- Perdón, invité yo.

- Soy un señor mayor. A mí me enseñaron que el hombre paga, aunque seas mi prima o mi hermana. También me enseñaron a dar la mano para ayudar a bajar de un colectivo, a arrimar la silla. Algunas costumbres las he eliminado porque me miran como a un extraterrestre.

- Señor mayor. Tu amiga te invita. ¡Vamos! A tomar un poco de aire fresco y a distraerse. No creas que no te necesito también. Es como el abrazo: va y viene.

- Pero te debo una, ¿eh?

- Sí, señor mayor. Como usted quiera, como se sienta mejor. Pero hoy es como yo digo.

- ¡Sí mi sargento mayor!

- Quisiera ver a un sargento mayor que te abrace como yo… Rarito.

- Todo el mundo querría enrolarse en la milicia. Con un sargento como vos, es claro.

- No me piropees, que estoy muy sensible. ¡Dale, hermano, vamos! ¡Salgamos de aquí!


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(1)    Vos: tú.
(2)    Sos: eres.
(3)  Versero: es el que "hace el verso". Hacer el verso es adular, endulzar el oído de una persona de otro sexo con el fin de seducirla.
(4) No me da el cuero: está más allá de mis posibilidades. (O es muy caro para mí, según el contexto)

jueves, 30 de enero de 2014

4 - Ahondando



Yo: - ¡Hola ‘manita! (1) ¿Cómo dice que le va?

Ella: - ¡Ja! ¡Ahora también mexicano!

- Soy lo que quieras que sea, mientras sirva para tu bien.

- Mmmm, versero (2) viejo. Pero haces versos que a una le gusta escuchar.

- Y, si no, ¿qué sentido tendría hacer el verso?

- Iba para tu casa. No hagas que me arrepienta. Te cruzaste conmigo justo una cuadra (3) antes de llegar a tu esquina.

- Sí señorita, esta es mi zona de intercepción y Vigilancia Aérea (4) me había informado de un eco interesante en este cuadrante.

- ¡Uh! ¡Chapita, chapita! (5)

- La invito a descender al departamento 8, le advierto que llevo Sidewinder de última degeneración. Más le vale obedecer.

- Mira que no voy en seriooooo…!

- ¡Vamos! No te hagas desear, que venías para casa. Hace ocho días que estuviste, si no me equivoco.

- Hoy estoy fresquita, no voy a dormir una siestita.

- No es obligación. Lo que yo quiero es que, cuando me visites, no me pidas permiso para nada y que hagas como si estuvieras en tu casa. Que abras la heladera, en fin, sin protocolo, como hermanos. Sin pudores, como intentaste describir tu estado de ánimo antes de cerrar la puerta la semana pasada.

- Sí, me sentí muy rara.

- ¿Lo viviste como algo incorrecto? ¿Te molestó la conciencia?

- No, no lo viví como algo malo. A ver si te lo puedo explicar con un ejemplo: cuando voy a una consulta con el ginecólogo no siento que sea algo malo lo que hago, pero no es del todo cómodo.

- Te entiendo. Sabes, la mecánica del pudor es muy extraña. Con mi esposa Lia llevábamos más de diez años de casados. Conocía cada rincón de su cuerpo. Un día fue a una consulta ginecológica y resultó tener una llaga en su vagina. Tuvo ginecólogas y ginecólogos, no recuerdo exactamente cuándo fue ni quién la atendía. La cosa es que le recetó unos óvulos cuyo efecto es que el epitelio sea cambiado, que vaya “cayéndose”, dejando una capa más nueva. El propósito es que la llaga se vaya en la capa que se desprende, o algo parecido.
Estando en tratamiento salimos a caminar, a ver vidrieras mientras conversábamos. Cuando volvimos la empecé a ver rara, con un comportamiento extraño. Hasta se acostó. Le pregunté y, al principio, no me dijo nada fuera de lo común; hasta que, en una tercera o cuarta vez, me confesó que sentía que tenía algo adentro y que no podía sacarlo ni se daba cuenta de qué era. Había ido varias veces al baño, como parte de su extraño comportamiento.
Entonces me ofrecí a tratar se sacárselo. Me costó tanto convencerla como si hubieses sido tú.

- ¡Ja, ja, ja! ¡Noooo!, ¿en serio?

- Sí, no exagero. La convencí y estaba realmente incómoda. Nunca me pude explicar por qué. Imagínate que después de diez años de casados, o más, nada que le hiciera iba a resultar una novedad para ninguno de los dos.
Empecé y toqué un objeto redondo. Intenté muchas veces tomarlo entre mis dedos índice y mayor, pero se resbalaba. Era un entorno muy húmedo y lubricado. No podía sacarlo. Ella decía: “Ay Cacho, dejá, dejalo (6), evidentemente perturbada. Le daba vergüenza. Los colores le subían y le bajaban.
Al final, yo también estaba un poco preocupado y quería saber qué o quien estaba en mis dominios.

- ¡Uh, ju, ju! Mira de lo que estamos hablando. Y ya te salió el machista…
¿Cómo terminó?

- ¡Ah, curiosa! Terminó que, al fin, me decidí a buscar un instrumento que me sirviera para pescar al evasivo OVNI.

- ¿OVNI? ¿Objeto volador no identificado?

- No: Objeto Vaginal…

- ¡Ja, ja, ja! ¡Mira que eres ocurrente y atrevido!

- Bueno, fui a mi caja de herramientas y tomé una pinza bruselas que usaba para reparar equipos electrónicos. Es una pinza de acero, como un broche para colgar la ropa, pero que funciona al revés, hay que apretarlo para sujetar el objeto; es muy larga, delgada y termina en puntas muy afiladas. Se usa para tomar objetos muy pequeños e introducirlos en espacios reducidos.
Realmente estaba temeroso de lastimarla. Hasta ese momento había hecho todo al tacto. La veía desnuda, pero no miraba hacia adentro, sino que palpaba. Con la herramienta debía mirar y mantener el pulso firme. La desinfecté con alcohol y pude sacar el objeto extraño al primer intento.
Una vez afuera pude verlo bien y me di cuenta de que era una bola de piel muerta. Con los movimientos propios de la caminata la había “amasado” con los pedazos de piel muerta que se desprendían por efecto del óvulo. En seguida se lo expuse a la “parturienta” y le dije: “Señora, su bebé”, para poner esa bola sobre su vientre, como si fuera un recién nacido.
Ella lo tomó y lo revisó más de cerca. Todavía la cara reflejaba la vergüenza que había sentido. Me miraba hasta perpleja, diría. Nunca voy a olvidar esta anécdota. Ya no está conmigo, está con otro. Espero que sobreviva y que yo pueda recordar esto dentro de diez mil años, sabiendo que ella está bien.

- Carlos, se te llenaron los ojos de lágrimas. No sé qué decirte al respecto.

- No digas nada. No tiene remedio.

- Esas cosas que me contaste solamente pueden darse en un matrimonio. Con un amante no es probable que lleguen a ocurrir.

- Sí, señorita, es así. Tienes razón.

- Estamos jugando a la casita, pero somos adultos. Me encanta hacerlo, se transforma en un vicio. Disfruto este diálogo íntimo, inocente y distendido. Aprendo, te conozco. Supongo que aprenderás de mí algunas cosas. Crece el cariño, eres algo para mí. ¿Por qué se privan de algo tan lindo?

- No todos pueden, es un hecho. A mi me gustan las relaciones “de corazón a corazón”. Debo encontrar una persona que esté dispuesta a abrirme su corazón. No es fácil. No me niego a entablar una relación de confesiones con un hombre. De hecho, Osvaldo es un caso. Encontré otro hermano con el que sintonicé bien. Fernando, un ex empleado de Osvaldo. Viajábamos juntos a los lugares de trabajo y conversábamos. Un hombre sensible y dispuesto a volcar su corazón en el diálogo. Pero por cada hombre que encuentro así, hay unas diez mujeres. Ustedes son todo corazón. Pero no todas están dispuestas a exponerlo. Además, por ejemplo, una mujer casada, aunque esté dispuesta interiormente a ser comunicativa, es bastante difícil que su esposo permita la relación. Así que no hay tantas féminas disponibles tampoco. Cuando se da el milagro, lo aprovecho, como contigo.
¡Ah! Ya estaba por pasarlo por alto. Es tanto lo que hay que decir, que me pierdo, a veces. No estamos jugando. En todo caso, este juego se llama vida. Estamos compartiendo ratos de nuestras vidas, dejando nuestras vidas en el otro. Creando lazos. Domesticándonos, como le diría el zorro al Principito.

- Y me fascina. De verdad, me siento muy bien haciendo esto.

- Algún día, todos lo haremos. Quizás al final del milenio, quizás después. Pero todos seremos por fin libres. Hoy es un privilegio que no todos tienen ni pueden entender. Ese privilegio nos va a durar hasta que se enteren aquellos que no lo comprenden. No estoy dispuesto a esconderme, porque no me siento culpable de nada, no tengo nada que ocultar.

- Yo tampoco. Pero espero que se enteren lo más tarde que sea posible. Cuanto más dure, mejor.

- ¿Cómo dormiste el otro día?

- Bien, cómoda. El colchón es bueno.

- Sí, tiene no sé cuántos miles de resortes, costó un disparate. Pero me refería a si te acostaste vestida como estabas, si tomaste alguna precaución, etc.

- Ah. Primero me quité la pollera para no arrugarla. Me iba a recostar así, pero también me deshice de la blusa, dormí en ropa interior. Hacía calor. De paso puse el ventilador y vi que le hiciste un arreglo de emergencia.

- Sí, se rompió la llave a cadena y no hay más de repuesto. De conseguir una estaría casi tan cara como el ventilador completo. Ahora no puedo cambiarlo, porque no alcanza mi presupuesto; así que lo dejé en la velocidad máxima, lo arreglé al estilo “átalo con alambre”, muy argentino.

- Me preguntaste si había tomado precauciones; supongo que algo así como tapar el agujero de la llave, ¿no es cierto?

- Sí, por ejemplo.

- No. No me hubiera quedado de tener la más mínima sospecha. ¿Estás tratando de contarme algo?

- No bebé,  jamás te haría algo así. No quiero robarte nada. Eres muy importante para mí. Me halaga y me agrada mucho que no hayas estado a la defensiva; me hace bien saber que confías en mí.

- Sé franco conmigo. ¿Reemplazas a Graciela con esta amistad?

- No, para nada. Es imposible. No te disminuyo de ninguna manera frente a ella. No es una cuestión de valoración. Aunque te amase con la misma intensidad que a ella, eres otra persona, no puedes reemplazarla. Ella y yo tenemos una historia que es nuestra, no entran terceros; no hay suplentes. Tú y yo estamos construyendo otra relación, otra amistad; esa será nuestra y única. Tú serás irreemplazable en esa relación, pero no entras en la otra, no es tu lugar.
Los segundos diez hijos de Job no reemplazaron a los diez primeros. Job estará completo cuando resucite y tenga a los veinte.

- No me estás usando como a una Graciela sustituta, me alegro.

- Me estaría engañando a mí mismo. No puedes ser Graciela. Pero los seres humanos necesitamos amor, es vital para nosotros. Ante el vacío de amor, uno busca a alguien para amar. Pero, por remuneradora que fuera nuestra relación de amistad, el amor que construí con Graciela se quedó sin objeto. El amor que creció en función de ella tiene su nombre y apellido; es para ella. Al no estar, se acumula en mí como la leche de una madre privada de su hijo. Empuja y duele cuando no puede salir. Si nuestro amor filial me da una bocanada de aire, en Graciela estoy muriendo.

Me han dicho que hay principios bíblicos involucrados. Veamos un aspecto: ella se sentaba conmigo, dejando una butaca por medio, en donde apoyaba su abrigo, la cartera. Ni siquiera podía rozarla con el codo porque había una butaca entre los dos. ¿Qué principio bíblico podrías oponer a ese acto?

- Que en el barrio se podría hablar mal de Jehová, por ejemplo.

- ¿Qué gente del barrio me vería sentado junto a Graciela en el salón?  En el salón son todos hermanos o estudios; gente que puede preguntar y ver qué tipo de relación sana tenemos. No puedo pensar que un hermano hablaría mal de Jehová por vernos a nosotros sentados juntos. Llevé a una amiga de veinticinco años; entró de mi mano. ¿Después de veinticinco años de amistad es impropio que una mujer se siente con su amigo?
Los que están en el barrio no nos ven sentados en el salón, mal podrían hablar injuriosamente de Jehová por eso.

- Quizás pudieran citar que serían causa de tropiezo a otros.

- La gente del mundo hace lo que le place. Hay de todo: heterosexuales, bisexuales, homosexuales, swingers, tríos, colchoneros, reyes de basto, caraduras y polizones. Por lo general, no atiende a lo que hacen otros; solo se importan a sí mismos.
También están los hermanos. ¿Ser causa de tropiezo después de estar explicando el tipo de relación que nos une (y muchas cosas que hemos pasado) durante tres años? ¿No es que el amor todo lo cree? ¿Qué hacemos frente a los hermanos que pueda ser causa de tropiezo? ¿Sentarnos juntos? ¿Estamos intercambiando miradas cómplices? ¿Tocándonos? ¿Besándonos?  
¿No es que los hermanos tropiezan con su propio pie?

¿Qué principio bíblico opones a que se siente conmigo en un micro que va a una asamblea, los dos rodeados de hermanos? ¿Qué conducta inmoral encierra?

- Ninguna.

- ¿Cómo verías que los hermanos mancharan tu reputación o la valoración de tus actos conmigo en estas veces que nos hemos visto?

- Me dolería mucho y sería injusto. No hicimos nada malo. Ni siquiera “jugamos con fuego”. Todo fue limpio, lo disfruté realmente. Nunca pasamos por una situación de riesgo, ni siquiera la semana pasada en ésta, tu casa.

- Y, sin embargo, es lo que harían. Te verías seriamente comprometida, porque eres precursora.

- Sí, no tengo dudas. Me forzarían a no verte más.

- ¿Por qué me abrazaste la semana pasada?

- Me sentí contenida, respetada, tomada en cuenta, protegida, amada. Mi abrazo fue un “gracias” y una devolución. Te dije: “yo también te amo”.

- Fue muy “sabroso”. Me lo diste con ganas, se sintió. Un hermoso, cálido y reconfortante abrazo. Me abrazaste como una nena, como mi nietita de tres años; sin miedos, con todo, a fondo. Fue un abrazo de corazón a corazón. “La maravillosa libertad de los hijos de Dios”; aunque no somos hijos de Dios, porque Dios no tiene hijos imperfectos, lo sé. Fue como un ensayo a cuenta del futuro.

Te cedí mi lecho, necesitabas dormir. Fue una contingencia que estuvieras en mi casa. Debías dormir y dormiste. Eso fue todo. Fuimos libres y responsables.

- Voy al baño a peinarme que, si no, me peino encima… ¡Ja!

- July-Ju, ¡qué desatento! No te serví nada.

- Vaya a peinarse, hermanita, cuando salga tomamos algo.

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(1)         “ ’manita”: contracción de “hermanita”.
(2)          Versero:  Es el que “hace el verso”. “Hacer el verso” significa adular, endulzar el oído de una mujer (o de un hombre) con el fin de seducirla. En Venezuela se usa “vacilar”, “me vacilas”. También se usa con otro sentido: "es verso" significa que es una excusa, una explicación para eludir una responsabilidad, o una afirmación para engañar.
(3)          Cuadra: una antigua medida española que equivale a 120 metros. Es el largo del lado de una manzana (o block). La mayoría de las cuadras de Buenos Aires miden 100 metros (¿16,66% para el partido?)
(4)         Vigilancia Aérea: en una localidad muy cercana a mi domicilio están los radares militares que vigilan Buenos Aires y alrededores.
(5)             Chapita: loco.
(6)          Dejá, dejalo: en Buenos Aires invertimos muchas veces los acentos. En este caso es: deja, déjalo. En lugar de decir: qué sientes, decimos: qué sentís. Así por el estilo.





martes, 28 de enero de 2014

3 - Tito 1: 15



Yo: - ¿Quién es?

¡July-Ju, qué sorpresa! Ya voy a abrirte.

….

¿Cómo estás?

Ella: - Bien, gracias. Vine a charlar un rato con vos. En dos horas tengo que ir a una revisita.

- ¿Quieres pasar a mi casa o prefieres que caminemos por ahí?

- Prefiero pasar. Ya te dije que confío en ti. Estuve unas cuantas horas en el territorio y no tengo muchas ganas de caminar.

- Bueno, nos sentamos, te sirvo algo fresco o caliente. Lo que prefieras. Tengo café, capuchino, cerveza, gaseosa o agua fría con limón, la bebida de los precursores. ¿Quieres que deje la puerta abierta?

- No, no hace falta.

- Es la primera vez que vienes a mi casa.

- Sí, estaba más cerca que de la mía, me gusta conversar contigo y podía relajarme un rato, a la par que te veo y hablo algo con vos. Aprovechamiento del tiempo…

- ¿Qué quieres tomar?

- Estoy entre un café o una cerveza… Sírveme una cerveza.

- Me hiciste recordar a una hermana amiga mía que murió de cáncer. Un hermano y yo teníamos un taller de reparaciones de equipos electrónicos domésticos. Ella solía visitarnos en el local y los tres tomábamos una botella de cerveza. Ella no estaba acostumbrada a tomar y un vaso y un tercio la ponía de risa fácil. Si era encantadora en condiciones normales, con ese vaso de cerveza encima era arrobadora. El hermano decía: “¡Uy! A esta le damos un vaso más y se pierde…” Ella se reía más y hasta se sonrojaba. Los tres teníamos una camaradería hermosa. Para disfrutar, gozo puro. Era una niña grandota.

- ¿Cómo era?

- Una persona espontánea, sincera, libre, limpia. Era una mujer muy bonita, inteligente y culta. Una enciclopedia móvil. Concertista de piano, hablaba cinco idiomas. Era humilde, cálida, accesible, muy buena persona, noble. Un torbellino; Pepita la pistolera, el huracán Catrina. Increíblemente simpática. Precursora. Las tenía todas consigo.

- ¿La querías?

- Síiii, muuucho. Y ella también a mí. Una verdadera hermana, amiga leal. La extraño.

- No tuviste ningún problema con su amistad.

- No. Como para tenerlos. Ella era una institución en la congregación. Además, esposa de un anciano muy respetado. Él es amigo mío todavía. Nadie decía nada. Él tampoco. Iba a la casa y si estaba él o no era lo mismo. Jeremías 17: 9 no aplicaba en ese caso.

- Curioso.

- Para mí no. Tito 1: 15. Cuando la gente es limpia ve todo limpio. Cuando aman, todo lo creen. El que cree confía, espera.

- Qué duro.

- ¿Por qué?

- Por contraste, los otros son sucios y no aman.

- Yo hablé del día, no de la noche. Dije de mis dos amigos, no de los otros.

- Touché otra vez.

[......]

- ¿Otro vaso de cerveza?

- Bueno, gracias.

- Discúlpame que no tengo nada sólido para acompañar la cerveza.

- No, está bien. Rica, bien fría. La disfruté mucho. Tanto como tu compañía.

- Tienes algo más de una hora para la revisita. ¿No quieres dormir una siestita de treinta, cuarenta, minutos para estar más fresca? Te cambio las sábanas en dos minutos, cierras la puerta y te pones cómoda. Yo me quedo en silencio leyendo la Biblia. No voy a molestarte.

- No me vendría mal un sueñito reparador. ¿No es mucho? Además, ¿vengo a visitarte y me pongo a dormir?

- Si es lo que te hace bien, si te hace mejor dormir que hablar conmigo, yo contento. Quiero tu bien. Somos hermanos.

- Me vuelvo a sentir rara otra vez.

- ¿"Te da cosa" dormir en mi cama?

- Mmm, sí. No es que desconfíe de ti, pero es como un pudor, no sé definirlo.

- Ya están las sábanas cambiadas. Ahora que hace calor es más rápido. Hasta tengo un cepillo de dientes de viaje sin estrenar. Cuando te despierte te lo regalo, es tuyo. ¿A qué hora te llamo?

- Y media en punto, me da tiempo a arreglarme un poco antes de salir.

- Estás fuera de tu territorio. ¿La revisita es por acá?

- Sí, en realidad, es de mi amiga, la acompaño a ella. Yo cumplo con mi compromiso, la ayudo a ella a hacer más actividad y la saco un poco de la depresión que sufre. Lo que se dice: “tres pájaros de un tiro”.

- Que Dios bendiga tu descanso, la predicación y el resto de tu día. A tu amiga también.

Ella me dio un cálido, hermoso, abrazo y cerró la puerta.