No se vende, pero fue comprado

El contenido de este blog no puede ni debe ser vendido, pero ha sido comprado.
El tiempo que uno dedica a las cosas o a las personas es lo que las vuelve valiosas. Cuando doy mi tiempo a algo estoy cediendo mi vida, la vida que transcurre en ese tiempo. El receptor termina teniendo algo mío. Esta es la clave para cumplir con el mandato de Levítico 19: 18: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Pero Jesús nos dio un nuevo mandamiento: Amar al prójimo más que a uno mismo, hasta dar la vida por él. (Juan 15: 12-13) Salvo para defender la integridad de algún integrante de la familia o de alguien muy amado, nuestro sacrificio no es beneficioso en la forma en que resulta el de Cristo. Perder la vida cruentamente en beneficio de otro no redime porque somos pecadores. Pero sí es posible dedicarle tanta atención a alguien que podamos afirmar que hemos dejado la vida en él o por él. No de manera cruenta o sacrificial, sino en cuanto a entrega y dedicación. Así como le dedicamos nuestra vida a Jehová, también es bueno darla por otro invirtiendo nuestro tiempo en él.
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jueves, 15 de agosto de 2013

Una letra de tango hecha a mi medida.

Sin piel
Tango
Música: Eladia Blázquez
Letra: Eladia Blázquez.
¡Ya sé! Llegó la hora de archivar el corazón...
De hacer con la ilusión, que no me va a servir
un lindo paquetito con una cinta azul,
guardarlo en el baúl y no volverlo a abrir...
Es hora de matar los sueños,
es hora de inventar coraje
para iniciar un largo viaje
por un gris paisaje...
¡sin amor!

Voy a aprender a llorar sin sufrir,
sin detenerme a mirar una flor,
a encallecer lentamente
¡igual que la gente sin alma y sin voz!
Voy a entender que se puede morir,
y latir... al compás del reloj;
como una máquina fiel
igual que un robot...
¡sin piel!


Después de haber sentido hasta el dolor.. a los demás,
de darme sin medir, de amar sin calcular,
llegó la indiferencia metiéndose en mi piel
pacientemente cruel, ¡matando mi verdad!
Saber que no me importa nada...
de alguna vibración pasada;
y caminar narcotizado
por un mundo helado...
¡sin amor!



miércoles, 14 de agosto de 2013

Nadie es perfecto


Una mujer: - Si encontraras un hombre guapo, rico, sensible, simpático, que le gustasen los niños y supiera cocinar, ¿qué harías con él?

Otra mujer: - Un documental.

Yo no soy rico. Nadie es perfecto.

jueves, 18 de julio de 2013

Un toque de buen humor.


Esta imagen la hurté de un sitio de una joven llamada Adriana. Me causó mucha gracia. Espero que no me demande judicialmente.


viernes, 10 de mayo de 2013

La niña desnuda


Hace unos cuantos años atrás, en un verano muy caluroso, una vecina tenía en su casa al hijo de otra. Este niño, de alrededor de tres años de edad, estaba completamente desnudo y corría alegre por toda la casa.

Por aquel entonces, esta vecina mía tenía una hija de nueve o diez años. Hoy es una mujer casada y con hijos de menos de cuarenta.

La anfitriona le dijo al niño que fuera al patio a mojarse con su hija. Una puerta se abrió, el niño pasó como el viento por ella y se paró en frente de la niña, que tenía una bombachita (1) de tiro corto (2) blanca, muy pegada a su cuerpo mojado. Ella lo mojó con la manguera y no se dio cuenta de que yo la estaba viendo.

Estaba por bajar la vista cuando la expresión de su rostro cambió. Pero no porque me hubiese visto a mí observándola; ella miró al niño de otra forma. Su expresión facial tenía significado; aunque un hombre común no puede acceder a los pensamientos de otra persona y, por eso, no puedo decir a ciencia cierta qué pasó por su mente. No bajé la mirada, había algo que no tenía que dejar de ver, que no era precisamente la semidesnudez de ella. Por un instante infinitesimal ella dirigió sus ojos a su propio cuerpo y volvió a mirar al niño. Su mirada se enterneció y comenzó a bajar su bombacha hasta que quedó floja y la dejó caer al suelo. Quedaron los dos, frente a frente, desnudos. El pequeño no dio señas de que nada cambiara y ella siguió mojándolo y mojándose en un juego inocente.

Soy de los que creen que la vida nos da lecciones magistrales a cada segundo. Terminé mi observación indiscreta con una extraña sensación de respeto y con una incógnita. Verdaderamente: ¿Qué había pasado? ¿Qué me enseñaba eso?


Ese día no lo supe. Tampoco, creo, al día siguiente. No puedo decir cuándo aprendí la lección, pero fue mucho más tarde.

Los niños no sienten vergüenza de la desnudez hasta pasados los cinco años. Después, todo cambia. Desnudos nos sentimos expuestos, vulnerables. La desnudez pone al descubierto nuestra culpa. Pero los niños son inocentes, viven la vida con candidez. No son perfectos, son como nosotros, nacen pecadores. Sin embargo, dos niños se pelean "a muerte" a cierta hora y dos minutos más tarde juegan juntos de nuevo, como si nada hubiera ocurrido. Se besan, se abrazan, se pegan, se gritan como les surge de su interior. Se muestran tales como son, en total desnudez, aunque estén gruesamente abrigados en el más crudo invierno. Ellos siempre van desnudos, son transparentes, se ve a través de ellos.

Esta niña de nueve años había entrado en la etapa de los pudores, de las culpas. Aunque sola en el patio, había dejado una última barrera a "lo de afuera": su bombacha mojada, que dejaba traslucir el rosa de su piel. Cuando cambió su manera de observar al niño desnudo que tenía en frente, yo supongo que fue porque se percató de una injusticia, de una desigualdad, de una falta de reciprocidad. Ante tanta sinceridad, inocencia, inofensividad, era una injusticia y una falta de respeto no estar a su altura. Inmediatamente corrigió su error: dejó caer la última barrera, para emparejar las cosas. Recobró su dignidad frente al que se mostraba tal cual era, sin miedos.

Esa era la lección. (La Biblia. Primera Carta de Juan 4: 18, de Jehová, Dios)

Nosotros no solo nos cubrimos con ropas. También edificamos otras barreras, corazas, líneas fortificadas, para que el otro no llegue a nuestro lado vulnerable. Nos aislamos. Pero quedamos solos y dejamos solos a los demás.

¿Se acuerdan de ese Ser, tan impopular hoy, que algunos dicen que no existe? ¿Cómo nos creó Él?: DESNUDOS. Y, también, dijo: "No es bueno que el hombre esté solo".

¿Qué me enseñó esto a mí?

Cuando veo que una persona necesita ayuda, me desnudo ante ella. No me quito la ropa que me cubre, levanto o derribo las barreras de mis culpas y temores. No le digo: "cuénteme". Comienzo abriéndole mi corazón y contándole mis cosas. Le muestro mis cicatrices, las heridas que sangran todavía, mi corazón herido, pero latiente, fiel, que me sostiene. Fiel: aunque, a veces, me haga hacer cosas que no quiero, late para mí. Le cuento de mis miserias y debilidades. Destruyo todas las líneas de defensas, quedo a su merced. ¿Y qué hace la persona? Como la niña, tarde o temprano también se quita la ropa.

"Cuando se crean lazos, se corre el riesgo de llorar" (El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry). Pero amar vale la pena y el riesgo. ¡Vaya si vale la pena!


(1) Braga, pantaleta.
(2) Que no llega a la línea de la cintura.

lunes, 1 de abril de 2013

Una paloma, un recuerdo


Un día, hace algunos años, decidí ir a dar de comer a las palomas en la Plaza de los Dos Congresos. Llevé una bolsa de maíz pisado. Una vez que encontré un banco vacío, me senté en él y abrí la bolsa. Dejé caer un puñado a mis pies y comenzaron a llegar palomas desde distintos sitios alrededor.

De pronto, una paloma vino volando y se posó en mi hombro izquierdo. Apenas giré la cabeza para echarle un vistazo. Ella no reaccionó ante mi atención. Antes bien, comenzó a mirarme sin disimulo, como si me estudiara exhaustivamente. Me causó gracia y mucha ternura ver cómo me observaba con un solo ojo desde distintos ángulos, con candidez. Para ese entonces tenía los pies cubiertos por un batallón de palomas, más las piernas, ya que había llenado mis dos manos con maíz y las tenía abiertas sobre mis rodillas. Pero ella seguía en mi hombro.

Despacio, saqué una mano con maíz de entre el montón de palomas que comían confiadas y lo acerqué a mi huésped. Miró el maíz, pero no lo probó. Giré nuevamente la cabeza, esta vez más cerca que antes, y le susurré: "¿qué pasa, no tenés hambre?" Tuve ganas de darle un besito, pero no me animé a romper el hechizo.

Dejé el maíz sobre mis piernas y retiré las manos. Todas las del montón comían como si fuera la última vez. Tomé a una del medio entre mis manos y la subí hasta ponerla en frente de mi cara. Las demás ni se dieron cuenta, o no les importó. Pero la que había tomado temblaba: ¡BRRRRRRR! De pronto me dio pena que se asustara y volví a dejarla en donde estaba. Siguió comiendo ni bien la apoyé y la liberé.

Mientras tanto, la que estaba sobre mi hombro presenció la escena sin hacer nada.

Cuando el maíz se acabó empezaron a volar y la última en dejarme fue mi amiga, la del hombro. No comprendí hasta un tiempo después lo que había sucedido. De alguna forma, esta paloma que no comió había sido designada para cuidar al resto, era una paloma de guardia. Por eso no se distraía comiendo.

El conjunto confiaba a ella su seguridad, pudiendo, entonces, alimentarse despreocupado. Seguramente esta guardia comenzó antes de que se posara en mi hombro. Las palomas que me rodeaban y cubrían no confiaban en mí, sino en ella. Ante la menor señal de peligro ella haría algo para que volaran lejos de la amenaza. Pero, cuando tomé a una del montón ella no les avisó. No sé cómo comprendía que no les haría daño. Entre ella y yo sí se estableció un lazo de confianza y actuó en consecuencia. Cumplió con su deber de cuidar, pero no hizo nada cuando tomé a su compañera, porque sabía que nada había que temer.

No dijo adiós cuando dejó mi hombro. No volví a verla, ni debe ser ya. Pero quedó conmigo.

martes, 26 de octubre de 2010

Anécdotas inolvidables.


Nicolás es nuestro hijo mayor, nació el 30 de septiembre de 1974. El 8 de noviembre de 1978 vino a hacerle compañía su hermano Román.

Siempre fueron muy unidos y Nicolás lo protegía mucho, tenía una actitud muy paternal hacia él. A tal punto era esto, que Román muchas veces le preguntaba cosas a su hermano y no a sus padres.

La noche del 7 de agosto de 1980 yo estaba arreglando un equipo electrónico en el living y ellos muy cerca mío, haciendo sus cosas. De repente Román miró al hermano a los ojos y le preguntó: ¿Qué son mellizos? Interrumpí lo que estaba haciendo para mirar atentamente a la escena. Nicolás hizo un gesto de "a ver cómo le explico", mientras lo abrazaba a la altura del hombro. Así, abrazándolo, le respondió: "Mellizos son los hermanitos que empataron en la panza de la mamá".

Yo tenía casi treinta años y Nicolás estaba por cumplir seis. Honestamente, no pudiera haberlo hecho mejor.

lunes, 12 de octubre de 2009

La punta del iceberg


Todas las personas sabemos que no somos perfectos, que constantemente estamos cometiendo errores por los que tenemos que pagar de alguna forma, porque toda acción tiene una reacción y todo acto una consecuencia. Por nuestra condición de seres sociales nuestras acciones u omisiones provocan consecuencias tanto en nosotros como en otros. Esto es inevitable.

Yo no soy la excepción a la regla. Me equivoco, peco. Me afecto y afecto a otros. En los textos hebreos de la Biblia la palabra que se traduce pecado significa literalmente "errar el blanco". Curioso uso. Parece dar la idea de que somos algo así como una flecha que es disparada desde un arco por un arquero con el fin de acertar en un objeto que llamamos "blanco". En lugar de acertar vamos para donde no se esperaba que fuéramos, no cumplimos con lo que se esperaba de nosotros. Esto último es clave. La flecha tiene un destino que no elige. Si el arquero no cometió un error en la puntería o ejecución del disparo lo único que puede apartarla de su blanco es algo inesperado, como una fuerte ráfaga de viento que la desvíe de su trayectoria. Pero la flecha no decide, fue un hecho fortuito; ni siquiera el arquero es culpable.

Nosotros hemos sido lanzados a la vida con libre albedrío. No tenemos un destino, un blanco fijo y determinado que alcanzar. Pero sí hay algo que se espera de nosotros y, si no cumplimos con esa expectativa, "erramos el blanco", como la flecha. Podemos elegir a dónde ir y qué metas buscar, pero no es indiferente la manera en que llevamos a cabo las acciones pertinentes. El juego tiene reglas y esas reglas fueron fijadas para evitar daños, para bien de todos. Cuando esa manera provoca daño y hacemos lo que no se esperaba de nosotros, pecamos, "erramos el blanco".

Hay una consecuencia final para todos nuestros errores: "Porque el salario que el pecado paga es muerte, [...]" (La Biblia, Romanos 6:23, Traducción del Nuevo Mundo) El pecado provoca la muerte. Esto estaba anticipado: "« [...]. 17 Pero en cuanto al árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo, no debes comer de él, porque en el día que comas de él, positivamente morirás.»" (Génesis 2:17) Si lo ponemos como implicación, el directo es: si comes, entonces, mueres; el contra-recíproco y equivalente es: si no mueres, entonces, no comiste. Si Adán hubiese elegido bien todavía podría estar con nosotros. El hombre no fue hecho para morir.

¿Fantasía? No necesariamente. La vida orgánica está sustentada en sistemas químicos y moléculas altamente improbables e inestables. Los animales no pueden tener una relación con el Arquero y por eso el segundo principio de la termodinámica se encarga de que sus vidas terminen. Un ser capaz de tener una relación con el Creador y el Ordenador podría ser mantenido indefinidamente por Él. Pero usó su libertad para hacer lo que no se esperaba de él y rompió el nexo con su fuente de vida, energía y orden. Las consecuencias están también descriptas:
"19 Porque hay un suceso resultante con respecto a los hijos de la humanidad y un suceso resultante respecto a la bestia, y ellos tienen un mismo suceso resultante. Como muere el uno, así muere la otra, y todos tienen un solo espíritu, de modo que no hay superioridad del hombre sobre la bestia, porque todo es vanidad. 20 Todos van a un solo lugar. Del polvo han llegado a ser todos, y todos vuelven al polvo. 21 ¿Quién hay que conozca el espíritu de los hijos de la humanidad, si asciende hacia arriba; y el espíritu de la bestia, si desciende hacia abajo a la tierra?" (Eclesiastés 3:19-21)

Desde que tuve conciencia de esto siempre me he cuidado de que mis pecados no involucraran a terceros. Especialmente en cuanto a la fornicación y el adulterio. Hacer que otro peque es casi lo mismo que asesinarlo. Pecar es como un suicidio, no está bien, pero matar es peor.

¡Ah, qué buena persona! ¡Cuánta conciencia y consideración hacia a los demás! ¡Pamplinas! Es solo apariencia. ¿Soy hipócrita? No, soy humano y tengo una herencia de la que no me puedo librar. Por cada acto que pudiera ser calificado como heroico, altruista, empático, sublime, hay otro en el que aflora mi lado negativo.

¿Recuerdan a Martín Fierro? Huyó de la justicia al desierto. Abandonó a su china. Cuando consideró que la cosa estaba olvidada volvió al rancho, pero habían pasado años y lo halló vacío. Él comprendió y perdonó a su mujer. ¡Qué buen hombre, cuánta grandeza! Sí, pero después mató al negro. Una venganza inconsciente; en el crimen absurdo estaba matando a quien se había llevado a su mujer. El precio de su grandeza anterior lo pagó un pobre inocente. Así somos, como un iceberg, lo más importante no se ve. Y lo que no se ve puede hundir al Titanic.

No hace falta llegar a extremos. Nuestros pequeños actos y hasta nuestras inacciones pueden causar daño a otros. Estos perjuicios se refuerzan, se sinergizan, con las miserias ajenas; provocan que otros pequen. Somos todos suicidas y un poco asesinos también.

Pobre condición la nuestra. No podemos solos ni en conjunto. Necesitamos ayuda idónea. Nos hace falta un Redentor.
"All you need is love" Sí, querido John, tienes razón. Dios es amor (1ª de Juan 4: 16)