No se vende, pero fue comprado

El contenido de este blog no puede ni debe ser vendido, pero ha sido comprado.
El tiempo que uno dedica a las cosas o a las personas es lo que las vuelve valiosas. Cuando doy mi tiempo a algo estoy cediendo mi vida, la vida que transcurre en ese tiempo. El receptor termina teniendo algo mío. Esta es la clave para cumplir con el mandato de Levítico 19: 18: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Pero Jesús nos dio un nuevo mandamiento: Amar al prójimo más que a uno mismo, hasta dar la vida por él. (Juan 15: 12-13) Salvo para defender la integridad de algún integrante de la familia o de alguien muy amado, nuestro sacrificio no es beneficioso en la forma en que resulta el de Cristo. Perder la vida cruentamente en beneficio de otro no redime porque somos pecadores. Pero sí es posible dedicarle tanta atención a alguien que podamos afirmar que hemos dejado la vida en él o por él. No de manera cruenta o sacrificial, sino en cuanto a entrega y dedicación. Así como le dedicamos nuestra vida a Jehová, también es bueno darla por otro invirtiendo nuestro tiempo en él.
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miércoles, 25 de septiembre de 2013

El tiempo no pasa frente a este texto.


Leí el texto que sigue cuando tenía diecisiete años, el mismo año de la muerte de su autor. Cuarenta y cinco años después, todavía me produce la misma sensación al llegar a su final. 

Encontrar otro mundo no es únicamente un hecho imaginario. Puede ocurrirle a los hombres. Y también a los animales. A veces las fronteras se deslizan o se confunden: basta con estar allí en aquel  momento. Yo presencié cómo le ocurría esto a un cuervo. Este cuervo es vecino mío. Jamás le he hecho el menor daño, pero tiene buen cuidado en mantenerse en la copa de los árboles, volar alto y evitar la Humanidad. Su mundo empieza donde se detiene mi débil vista. Ahora bien, una mañana, nuestros campos se hallaban sumidos en una niebla extraordinariamente espesa, y yo caminaba a tientas hacia la estación. Bruscamente, aparecieron a la altura de mis ojos dos alas negras y enormes, precedidas de un pico gigantesco, y todo se alejó como una exhalación y con un grito de terror como espero no volver a oír otro en mi vida. Este grito me obsesionó toda la tarde. Llegué hasta el punto de mirarme al espejo, preguntándome qué habría en mí de espantoso...



Por fin comprendí. La frontera entre nuestros dos mundos se había borrado a causa de la niebla. El cuervo, que se imaginaba volando a su altura acostumbrada, vio de pronto un espectáculo sobrecogedor, contrario para él a las leyes de la Naturaleza. Había visto a un hombre que andaba por los aires, en el corazón mismo del mundo de los cuervos. Había presenciado una manifestación de la rareza más absoluta que puede concebir un cuervo: un hombre volador...



Ahora, cuando me ve desde arriba, lanza unos pequeños gritos, y yo descubro en ellos la incertidumbre de un espíritu cuyo universo se ha desquiciado. Ya no es, ya no volverá a ser jamás como los demás cuervos...


                                                                     Loren Eiseley (03-09-1907, 09-07-1977), antropólogo estadounidense.

Verdades populares leídas por ahí.


La infancia es como una gran borrachera: todo el mundo recuerda lo que hiciste, menos tú.

Cuando te casas, la novela termina y la historia empieza. (Proverbio francés)

jueves, 15 de agosto de 2013

Una letra de tango hecha a mi medida.

Sin piel
Tango
Música: Eladia Blázquez
Letra: Eladia Blázquez.
¡Ya sé! Llegó la hora de archivar el corazón...
De hacer con la ilusión, que no me va a servir
un lindo paquetito con una cinta azul,
guardarlo en el baúl y no volverlo a abrir...
Es hora de matar los sueños,
es hora de inventar coraje
para iniciar un largo viaje
por un gris paisaje...
¡sin amor!

Voy a aprender a llorar sin sufrir,
sin detenerme a mirar una flor,
a encallecer lentamente
¡igual que la gente sin alma y sin voz!
Voy a entender que se puede morir,
y latir... al compás del reloj;
como una máquina fiel
igual que un robot...
¡sin piel!


Después de haber sentido hasta el dolor.. a los demás,
de darme sin medir, de amar sin calcular,
llegó la indiferencia metiéndose en mi piel
pacientemente cruel, ¡matando mi verdad!
Saber que no me importa nada...
de alguna vibración pasada;
y caminar narcotizado
por un mundo helado...
¡sin amor!



miércoles, 14 de agosto de 2013

Nadie es perfecto


Una mujer: - Si encontraras un hombre guapo, rico, sensible, simpático, que le gustasen los niños y supiera cocinar, ¿qué harías con él?

Otra mujer: - Un documental.

Yo no soy rico. Nadie es perfecto.

jueves, 18 de julio de 2013

Un toque de buen humor.


Esta imagen la hurté de un sitio de una joven llamada Adriana. Me causó mucha gracia. Espero que no me demande judicialmente.


viernes, 10 de mayo de 2013

La niña desnuda


Hace unos cuantos años atrás, en un verano muy caluroso, una vecina tenía en su casa al hijo de otra. Este niño, de alrededor de tres años de edad, estaba completamente desnudo y corría alegre por toda la casa.

Por aquel entonces, esta vecina mía tenía una hija de nueve o diez años. Hoy es una mujer casada y con hijos de menos de cuarenta.

La anfitriona le dijo al niño que fuera al patio a mojarse con su hija. Una puerta se abrió, el niño pasó como el viento por ella y se paró en frente de la niña, que tenía una bombachita (1) de tiro corto (2) blanca, muy pegada a su cuerpo mojado. Ella lo mojó con la manguera y no se dio cuenta de que yo la estaba viendo.

Estaba por bajar la vista cuando la expresión de su rostro cambió. Pero no porque me hubiese visto a mí observándola; ella miró al niño de otra forma. Su expresión facial tenía significado; aunque un hombre común no puede acceder a los pensamientos de otra persona y, por eso, no puedo decir a ciencia cierta qué pasó por su mente. No bajé la mirada, había algo que no tenía que dejar de ver, que no era precisamente la semidesnudez de ella. Por un instante infinitesimal ella dirigió sus ojos a su propio cuerpo y volvió a mirar al niño. Su mirada se enterneció y comenzó a bajar su bombacha hasta que quedó floja y la dejó caer al suelo. Quedaron los dos, frente a frente, desnudos. El pequeño no dio señas de que nada cambiara y ella siguió mojándolo y mojándose en un juego inocente.

Soy de los que creen que la vida nos da lecciones magistrales a cada segundo. Terminé mi observación indiscreta con una extraña sensación de respeto y con una incógnita. Verdaderamente: ¿Qué había pasado? ¿Qué me enseñaba eso?


Ese día no lo supe. Tampoco, creo, al día siguiente. No puedo decir cuándo aprendí la lección, pero fue mucho más tarde.

Los niños no sienten vergüenza de la desnudez hasta pasados los cinco años. Después, todo cambia. Desnudos nos sentimos expuestos, vulnerables. La desnudez pone al descubierto nuestra culpa. Pero los niños son inocentes, viven la vida con candidez. No son perfectos, son como nosotros, nacen pecadores. Sin embargo, dos niños se pelean "a muerte" a cierta hora y dos minutos más tarde juegan juntos de nuevo, como si nada hubiera ocurrido. Se besan, se abrazan, se pegan, se gritan como les surge de su interior. Se muestran tales como son, en total desnudez, aunque estén gruesamente abrigados en el más crudo invierno. Ellos siempre van desnudos, son transparentes, se ve a través de ellos.

Esta niña de nueve años había entrado en la etapa de los pudores, de las culpas. Aunque sola en el patio, había dejado una última barrera a "lo de afuera": su bombacha mojada, que dejaba traslucir el rosa de su piel. Cuando cambió su manera de observar al niño desnudo que tenía en frente, yo supongo que fue porque se percató de una injusticia, de una desigualdad, de una falta de reciprocidad. Ante tanta sinceridad, inocencia, inofensividad, era una injusticia y una falta de respeto no estar a su altura. Inmediatamente corrigió su error: dejó caer la última barrera, para emparejar las cosas. Recobró su dignidad frente al que se mostraba tal cual era, sin miedos.

Esa era la lección. (La Biblia. Primera Carta de Juan 4: 18, de Jehová, Dios)

Nosotros no solo nos cubrimos con ropas. También edificamos otras barreras, corazas, líneas fortificadas, para que el otro no llegue a nuestro lado vulnerable. Nos aislamos. Pero quedamos solos y dejamos solos a los demás.

¿Se acuerdan de ese Ser, tan impopular hoy, que algunos dicen que no existe? ¿Cómo nos creó Él?: DESNUDOS. Y, también, dijo: "No es bueno que el hombre esté solo".

¿Qué me enseñó esto a mí?

Cuando veo que una persona necesita ayuda, me desnudo ante ella. No me quito la ropa que me cubre, levanto o derribo las barreras de mis culpas y temores. No le digo: "cuénteme". Comienzo abriéndole mi corazón y contándole mis cosas. Le muestro mis cicatrices, las heridas que sangran todavía, mi corazón herido, pero latiente, fiel, que me sostiene. Fiel: aunque, a veces, me haga hacer cosas que no quiero, late para mí. Le cuento de mis miserias y debilidades. Destruyo todas las líneas de defensas, quedo a su merced. ¿Y qué hace la persona? Como la niña, tarde o temprano también se quita la ropa.

"Cuando se crean lazos, se corre el riesgo de llorar" (El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry). Pero amar vale la pena y el riesgo. ¡Vaya si vale la pena!


(1) Braga, pantaleta.
(2) Que no llega a la línea de la cintura.

lunes, 1 de abril de 2013

Una paloma, un recuerdo


Un día, hace algunos años, decidí ir a dar de comer a las palomas en la Plaza de los Dos Congresos. Llevé una bolsa de maíz pisado. Una vez que encontré un banco vacío, me senté en él y abrí la bolsa. Dejé caer un puñado a mis pies y comenzaron a llegar palomas desde distintos sitios alrededor.

De pronto, una paloma vino volando y se posó en mi hombro izquierdo. Apenas giré la cabeza para echarle un vistazo. Ella no reaccionó ante mi atención. Antes bien, comenzó a mirarme sin disimulo, como si me estudiara exhaustivamente. Me causó gracia y mucha ternura ver cómo me observaba con un solo ojo desde distintos ángulos, con candidez. Para ese entonces tenía los pies cubiertos por un batallón de palomas, más las piernas, ya que había llenado mis dos manos con maíz y las tenía abiertas sobre mis rodillas. Pero ella seguía en mi hombro.

Despacio, saqué una mano con maíz de entre el montón de palomas que comían confiadas y lo acerqué a mi huésped. Miró el maíz, pero no lo probó. Giré nuevamente la cabeza, esta vez más cerca que antes, y le susurré: "¿qué pasa, no tenés hambre?" Tuve ganas de darle un besito, pero no me animé a romper el hechizo.

Dejé el maíz sobre mis piernas y retiré las manos. Todas las del montón comían como si fuera la última vez. Tomé a una del medio entre mis manos y la subí hasta ponerla en frente de mi cara. Las demás ni se dieron cuenta, o no les importó. Pero la que había tomado temblaba: ¡BRRRRRRR! De pronto me dio pena que se asustara y volví a dejarla en donde estaba. Siguió comiendo ni bien la apoyé y la liberé.

Mientras tanto, la que estaba sobre mi hombro presenció la escena sin hacer nada.

Cuando el maíz se acabó empezaron a volar y la última en dejarme fue mi amiga, la del hombro. No comprendí hasta un tiempo después lo que había sucedido. De alguna forma, esta paloma que no comió había sido designada para cuidar al resto, era una paloma de guardia. Por eso no se distraía comiendo.

El conjunto confiaba a ella su seguridad, pudiendo, entonces, alimentarse despreocupado. Seguramente esta guardia comenzó antes de que se posara en mi hombro. Las palomas que me rodeaban y cubrían no confiaban en mí, sino en ella. Ante la menor señal de peligro ella haría algo para que volaran lejos de la amenaza. Pero, cuando tomé a una del montón ella no les avisó. No sé cómo comprendía que no les haría daño. Entre ella y yo sí se estableció un lazo de confianza y actuó en consecuencia. Cumplió con su deber de cuidar, pero no hizo nada cuando tomé a su compañera, porque sabía que nada había que temer.

No dijo adiós cuando dejó mi hombro. No volví a verla, ni debe ser ya. Pero quedó conmigo.